viernes, 15 de mayo de 2009

Deshojando la margarita


Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, me quiere... se iba diciendo mentalmente a medida que caían al suelo uno a uno los pétalos de la margarita. Me quiere, no me quiere, me quiere... Cayó el último -no me quiere- y la margarita, desnuda y avergonzada, convertida en un feo tallo apétalo, supo que el chico ya no la amaba.

jueves, 14 de mayo de 2009

Avances tecnológicos


En las calles de Smallville, Clark Kent toma notas para un soporífero reportaje periodístico -encargado como castigo por el Daily Planet- acerca de los vendedores ambulantes de hot-dogs, cuando de repente, gracias a su superoído, escucha el grito de auxilio de una chica procedente del otro extremo de la ciudad. Alguien necesita su ayuda, así que se pone en marcha. Busca a su alrededor una cabina donde calzarse las mallas, los calzones y la capa, pero no encuentra ninguna cerca. La chica, a un par de kilómetros de allí, continúa gritando deseperada. Aunque recorre a toda prisa las calles adyacentes, sólo da con un teléfono adosado a una pared, nada íntimo, sin paredes para ocultarse, que de poco le sirve, dada la extrema timidez de Clark cuando no es Superman. Pregunta en un quiosco dónde puede encontrar una cabina telefónica y el quiosquero lo mira extrañado. ¿Cabinas? Uf, hace tiempo que las arrancaron todas. Todo el mundo tiene un móvil, ya no hacen ninguna falta.

Clark se vuelve; pide un hot-dog y se concentra en el zumbido de los coches para arrinconar esa voz quebrada que todavía oye a lo lejos, en su interior, pidiendo ayuda. Con la conciencia tranquila, coge el bloc de notas y ultima, por la cuenta que le trae, el maldito reportaje, mientras confía que alguien, en el otro extremo de la ciudad, utilice el móvil para avisar a la policía.

martes, 12 de mayo de 2009

La última carrera


Regresa a casa por la carretera sinuosa, amodorrado, solo y con el taxímetro desconectado, tras dejar en su destino al último cliente de una larga y dura jornada. Curiosea por el retrovisor interior y encuentra sorprendido las pupilas de una señora enlutada que lo observan fijamente desde los asientos de atrás. Se frota los ojos, mira de nuevo por el retrovisor y comprueba que la señora continúa acechándolo con la mirada. Sin perder los nervios, pregunta justo antes de la curva:
- ¿Adónde?
- Todo recto, hacia el precipicio- responde la mujer, agarrándose con fuerza a la guadaña.

lunes, 11 de mayo de 2009

Vendetta


Ella, arrodillada y cabizbaja, gimotea aceleradamente, al ritmo violento de su respiración; él, en apariencia más tranquilo, la observa con desprecio. Te dije que no volvieras a hacerlo. Y no me has hecho ni puto caso. Levanta la mirada entre sollozos y encuentra unos ojos cargados de odio, dispuestos a todo. Te advertí. Sabías que todo esto ocurriría si lo volvías a hacer. Y no te ha importado lo más mínimo. Eso es lo que no entiendo. ¿Cómo es posible que aun sabiendo las consecuencias te hayas atrevido a engañarme de nuevo? Se acerca a la mesita, abre un cajón, y extrae un revolver que centellea bajo la bombilla. No digas nada, preciosa, estoy hablando yo. No intentes justificarte. De nada serviría. Quiero que sepas que por eso mismo, porque sabías qué pasaría cuando lo descubriera, sé que no voy a sentirme culpable de nada. ¿Creías que no me iba a enterar? ¿Crees que soy idiota o qué? Temblando, tartamudea débilmente un no y clava la vista en el suelo. Cariño, por favor, mírame. Así, mucho mejor, será más fácil así. Deberías saber que me gusta que me miren cuando hablo. Aunque ya poco importa todo eso ahora. Jamás volverás a escucharme. Y, colocándose el cañón en la sien, aprieta el gatillo y cae desplomado.


Cita a ciegas (II)


"Tres renglones tachados valen más que uno añadido."


(Augusto Monterroso: Viaje al centro de la fábula, Anagrama)

viernes, 8 de mayo de 2009

Débiles


Pese a que salía de su página muy pocas veces porque siempre se sentía fatigada, aquella noche, la palabra débil, harta de debates y deberes, decidió dar un paseo por el diccionario. Arrastrando sus letras, recorrió una a una las hojas del grueso volumen, y conoció nuevas palabras. Congenió rápidamente con algunas de ellas, la timidez, el inseguro y el frágil, pero en cambio la fuerza, el vigor y la robustez le causaron un extraño malestar, una desagradable sensación de inferioridad, por lo que enseguida regresó a su página cabizbaja, triste, con el acento medio caído.
A la noche siguiente (las palabras viven por las noches, mientras los dueños de los diccionarios duermen en sus camas creyendo que lo fantástico ocurre sólo en sus sueños) decidió cambiar su situación y se apuntó al gimnasio más cercano, a sólo unas letras de distancia. Durante meses, noche tras noche, sin excepción, estuvo ejercitándose en las máquinas, musculando sus letras con flexiones, pesas
y abdominales. Regresaba a su página al amanecer, exhausta, rendida, mirando por encima del hombro cada vez más robusto a aquellos con los que congenió en su primera salida, burlándose de ellos, desdeñándolos, pero siempre dormía feliz, con la sonrisa en los labios del que cada día se siente más fuerte.
Una mañana, tras la última sesión en el gimnasio, dejó de sentirse insignificante, así que se acercó a un espejo para constatar su transformación y con sorpresa observó que ya no era la palabra débil de siempre, sino que tanto ejercicio lo había convertido en un DÉBIL. En mayúsculas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Relaciones atemporales

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A Arboló, que me hizo viajar en el tiempo


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Él vivía a finales del siglo diecinueve; ella a principios del veintiuno. Ese poco más de un siglo de diferencia entre los dos parecía una distancia infranqueable. A veces él se sentaba en el sillón y fumaba en pipa, y se mareaba, o pegaba un sello en una carta manuscrita y la arrojaba a un buzón, sin prisas ni impaciencia, o consultaba la hora en su viejo reloj de bolsillo, unas veces adelantado y otras atrasado. Ella, en cambio, viajaba a lugares para visitar sus gentes y los rincones que no salen en las guías, se impacientaba o se preocupaba muchas veces sin motivo, y vivía sujeta a un teléfono, un ordenador, una agenda y un íntimo círculo de amistades que mantener. La cita parecía imposible pero una extraña mezcla de atrevimiento, caricias y pupilas dilatadas, permitió vencer la distancia temporal. Se encontraron a medio camino, a mediados del siglo veinte. A él se le hizo más pesado el trayecto hasta la década de los cincuenta, pues no estaba acostumbrado a viajar, y menos en el tiempo. Ella parecía llevarlo mejor, aunque a veces temblaba sin motivo o permanecía unos instantes ausente, sonriendo, pensando en quién sabe qué. Estuvieron cuatro días juntos, quizás más. Las manecillas del reloj se movían a su antojo: los minutos se dilataban en horas, y las mañanas se esfumaban como el humo de un cigarrillo entre abrazos, así que perdieron la noción del tiempo. Y también la del espacio. Entre aquellas paredes estaban seguros, aislados del mundo exterior, solos, ellos dos. Pero llegó el momento en que las obligaciones o las responsabilidades familiares ya no podían ser desatendidas y tuvieron que regresar, cada uno a su época. Y aunque sabían que podían salir del tiempo y volver a encontrarse otra vez, cuando quisieran o se atrevieran, la despedida tuvo algo de definitivo. De vuelta a casa, surcando los años en direcciones opuestas, él fantaseaba alegre con la incertidumbre del futuro mientras que ella saboreaba el amargo dulzor de la nostalgia.


Microrrelato-Hiperbreve-Microrrelatos
Foto de Laia Buira

(Publicado en La Bultra, nº 8)

lunes, 4 de mayo de 2009

Retrato robot


Entró en la sala y se sentó frente al ordenador, junto a los dos detectives encargados del caso. Como ya le habrán informado mis compañeros, usted es la única persona que pudo verlo en la escena del crimen, le dijeron, por lo que necesitamos su colaboración para poder reconstruir el rostro del presunto asesino. Les ayudaré, con mucho gusto, en todo lo que pueda, respondió tranquilo a los agentes. En la pantalla apareció un óvalo, al que fueron colocándole poco a poco, siguiendo las minuciosas indicaciones del testigo, una melena corta y rizada, unos ojos rasgados, unos labios carnosos, una nariz aguileña, unas orejas pequeñas aunque con lóbulos de gran tamaño, con un pendiente en el izquierdo, unos pómulos prominentes, un bigote fino y alargado, unas patillas gruesas, y unas cejas muy pobladas, casi unidas sobre la nariz. Cuando el retrato estuvo acabado, los detectives examinaron atentamente el resultado en la pantalla, miraron al testigo y, tras leerle sus derechos, lo esposaron y pasó a disposición judicial, acusado de asesinato en primer grado.

sábado, 2 de mayo de 2009

Segundas opiniones


Hace años, te marchaste para siempre, sin avisar, dejando mi corazón hecho añicos, y yo me quedé solo, destrozándome el hígado para olvidarte. Después de tanto tiempo, el alcohol no ha conseguido borrar tu recuerdo; y para colmo, el doctor sigue empeñado en que sufro un grave problema hepático, cuando en realidad -sólo tú y yo lo sabemos- se trata de una cardiopatía aguda.

viernes, 1 de mayo de 2009

El sapo encantado


Tras pasar media tarde dándole vueltas al asunto, se le ocurrió un buen final y, con una sonrisa pícara, redondeó el relato: "...y entonces la princesa besó al sapo y éste se convirtió en un apuesto príncipe". Terminó de escribir el cuento, repartió copias por todos los aposentos de palacio y se marchó ansioso a su charca a esperar ingenuas princesas lectoras.