Al frotar la lámpara, sucia y polvorienta, salió un genio del interior. Se desperezó y acto seguido me pidió como primer deseo un gran banquete. De nada sirvió quejarme, protestar, asegurarle que debía ser él quien me concediera a mí los deseos. Tuve que llevarlo a un reconocido restaurante y pagar la abultada cuenta. Cuando terminó el café, me exigió ir de compras: quería renovarse el vestuario y sobre todo deshacerse de esas ridículas zapatillas puntiagudas. Ése era su segundo deseo. Nos acercamos a una carísima tienda de ropa y tras ayudarle a elegir un par de trajes de temporada y unos zapatos italianos tuve que correr con los gastos. Y ahora, dijo el genio antes de desaparecer, mi tercer deseo es que escribas un buen relato con esta historia. Y eso es lo que intento, desde hace semanas, mientras el polvo se acumula por toda la casa y yo no me atrevo a limpiar nada.