Se abren las puertas del ascensor, leo la pegatina de empuje y obedezco. Paso por delante del bar, le echo un vistazo al cartel colgado en el exterior, beba Cocacola, entro y pido una. Ojeo el diario, para distraerme, y cuando llego a los anuncios de relax, llámame, algo me impulsa a sacar el móvil y marcar el número indicado. Tras una conversación demasiado subida de tono para esas horas de la mañana, y un buen puñado de euros malgastados, cuelgo, pago la consumición y salgo a la calle para que me dé el aire. El dietista de la esquina ha puesto un nuevo letrero en la puerta. Cómo perder peso. Entre y pregunte. Entro, pregunto, y me acaba echando a patadas de la consulta, indignado, entre otras cosas, porque no llego a los setenta quilos y cree que estoy de pitorreo. Frente a la clínica dental, una chica me da un folleto, hágase una revisión gratuita, y al cabo de tres cuartos de hora, salgo del dentista con cita para la próxima semana, por dos caries y un nervio que habrá que matar. Empiezo a estar de mal humor, así que decido regresar de mi paseo, cuanto antes, pero por el camino tropiezo con la casa de empeño, cambie su oro por dinero ahora mismo, y no puedo resistirme. Veinte minutos después, retomo el camino, ya sin el anillo -recuerdo de mi abuela- ni la medalla de la comunión, y apenas unos pocos billetes en la cartera. Acelero el paso, ansioso por llegar a casa, pero me distraigo en una tienda de móviles, cambie su teléfono este mes, de la que salgo con un iPhone último modelo, y su consecuente contrato de permanencia, que no necesito para nada. Me pongo a correr, evitando concesionarios de coches, sedes de partidos políticos y entidades bancarias, sin detenerme por nada, sin acatar ninguna orden más, ni siquiera esos gritos de los transeúntes que me ordenan, mientras cruzo zigzagueante la avenida concurrida, que me detenga.
