Durante semanas busqué una buena idea, pero nada se me ocurría. A punto ya de desistir, la colisión de varios pensamientos produjo un relámpago en mi cabeza y durante ese breve fogonazo vislumbré la historia. Ahí estaba, comprimida, esbozada, maleable. Me pasé días buscando el enfoque, el tono, el punto de vista. Redacté una primera versión, y me imprimí una copia. La diseccioné con tinta roja, llenándola de tachones y notas marginales, flechas que intercambiaban las posiciones de las frases, y subordinadas apretujadas añadidas entre líneas. Quedó irreconocible. Corregí el texto y sin leerlo, lo dejé reposar en el disco duro. Lo abrí una semana más tarde, y durante otras dos lo fui retocando a diario, pacientemente. Una coma aquí, este adverbio fuera, mejor otro sinónimo. Al fin, una madrugada lo di por terminado.
- ¿Un cuento, diez o doce líneas? ¿Sólo? ¡Menudo vago está hecho usted!- masculló el jurado.