Mientras espero que llegue, sentado en un banco del andén, enciendo otro cigarro, el cuarto ya desde que estoy aquí. Inquieto, saco otra vez el reloj de bolsillo, evitando mirar la fotografía pegada en el reverso de la tapa. Apenas faltan un par de minutos para la hora prevista. Me ha costado decidirme, pero al final -tras darle vueltas y más vueltas al asunto- he tomado la decisión. Será lo mejor para todos: voy a emprender ese largo viaje. No llevo maletas porque supongo que no necesitaré nada de equipaje, aunque quién sabe. Con la vista clavada en las traviesas de madera y la mente en blanco, para no arrepentirme, voy dando caladas largas y profundas al cigarrillo. Estoy solo en la estación, así que todo será más fácil. Se escucha un silbido, débil, a lo lejos. Debe estar al caer, aunque con esta oscuridad no logro distinguir la locomotora. Me levanto, me acerco a las vías y espero. El tren se acerca chirriando y cuando está justo delante de mí, lanzo la colilla entre los raíles. Se abre la puerta y subo al vagón. Lo siento, pero no voy a tirarme a las vías sólo porque hayas estado sospechando ese final.