He arrancado de las paredes del dormitorio todas nuestras fotos hasta dejarlas lisas, esbeltas y rasuradas, como tus piernas en verano; he desterrado al pasillo los armarios de roble, sin tus camisas bien planchadas, sin tus braguitas dobladas con disciplina militar; he descolgado el espejo por donde ya no te paseas y el cuadro de peces de colores que pintaste aquel octubre; he sacado la pantalla de la lámpara para dejar un botón luminoso y vital en el techo, mi único sol, mi único dios, y lo he pintado todo con un indigesto y empalagoso tono pastel. Y aun así, esta primera noche sin ti no consigo olvidarte.
Este texto pertenece a una serie de pareidolias,
un fenómeno psicológico consistente en que
un estímulo vago y aleatorio
(habitualmente una imagen)
es percibido erróneamente como una forma reconocible.












