El tipo de blanco, vigilante del turno de noche, se empeña en no dejarme entrar en la habitación. Que si vuelva usted de donde ha venido, que si infringe las normas, si se entera el de arriba me la cargo, que si su visita puede alterar las constantes vitales del accidentado... además, usted no puede pasear a sus anchas por el hospital, después del tremendo choque que ha sufrido, tendría que estar tumbado, inmóvil. Y encima a estas horas. Pero tanto insisto –será sólo un momento, tiene que verme, se desmayó cuando se accionó el airbag y no sabe cómo me encuentro- que al final me concede un par de minutos para estar con él. Aunque apenas hago ruido, cuando me siento a los pies de la cama se despierta. Le digo que allí me tiene, que esté tranquilo, y que no se preocupe ni por el coche, siniestro total, ni por mí. Un accidente lo tiene cualquiera, y más en aquella curva tan cerrada. Sonríe y me guiña el ojo izquierdo, antes de quedarse dormido de nuevo.
Abandono la habitación, le agradezco el favor al tipo de blanco, que agita sus alas satisfecho por su buena acción del día, y vuelvo al túnel para seguir hacia la luz.