Mientras las agujas se cruzan en los puntos finales, los que redondearán el cuello, piensa en lo bien que le sentará a su pequeña, ahora que se acerca el invierno. Ha sido difícil conseguir esa lana, esquilada a tijera y lavada a mano, hilada con rueca de roble, y tintada con productos naturales, pero todo esfuerzo es poco. Aunque si su marido supiera que se ha tomado tantas molestias la tomaría por loca. Termina el último punto, guarda las agujas y sujeta la pieza por los hombros, admirándola, imaginándose cómo le quedará. Impaciente, baja al jardín y se la prueba: primero la cabeza, luego una pata, después las otras tres... A la tejedora se le iluminan los ojos cuando ve lo preciosa que está con esa nueva prenda su pequeña ovejita.