Busque uno completo, con
sus dos aurículas y sus dos ventrículos. Mejor por estrenar, sin
cicatrices ni llagas. Agárrelo con ambas manos, firmemente, como si
fuera el último, y notará el bombeo arrítmico, a trompicones.
Acerque sus labios, cierre los ojos e insufle aire, promesas,
energía, proyectos, te quieros. Llénelo de vida. Cuando esté
inflado y palpite, estire de los dos extremos con fuerza pero sin
rabia, hasta desgarrarlo. Tras escuchar el borboteo visceral láncelo
a un rincón. Huya del lugar de los hechos con la cabeza bien alta. Y
evite por lo que más quiera que nadie se fije en el suyo.