lunes, 24 de agosto de 2009

Caronte


Comprendió que la operación de urgencia tras el brutal accidente en la carretera había resultado un rotundo fracaso cuando, esperando de pie en la orilla, vio cómo aquella frágil barca se le acercaba con lentitud surcando las oscuras y pestilentes aguas. Todo coaguló en ese instante: estaba muerto. Jamás había creído en otra vida que no fuese la terrenal; siempre pensó que la muerte era el final definitivo, así que se alegró tímidamente porque la situación podía haber sido mucho peor. Resignado y expectante, aguardó la llegada de la pequeña embarcación hasta que la proa encalló con suavidad sobre la arena. Cuando ya se disponía a subir, tras intercambiar un tímido saludo de compromiso, el barquero le detuvo. Para cruzar a la otra orilla debes pagarme una moneda, dijo sin ganas, cansado de repetir perpetuamente la misma frase. Buscó en los bolsillos aunque no encontró ninguna: jamás llevaba calderilla en los bolsillos, pues odiaba el tintineo de las monedas al caminar. Se palpó inquieto el pantalón en busca de la cartera pero no la llevaba encima. Tampoco en los bolsillos de la chaqueta. Mira debajo de la lengua, antiguamente os las ponían ahí, añadió el barquero con frialdad. Sin entender por qué había utilizado el plural, movió la lengua para comprobar esa última posibilidad, aunque tampoco hubo suerte. Entonces, sintiéndolo mucho, deberás quedarte en esta orilla condenado a vagar en ella toda la eternidad, y tras estas palabras dio media vuelta y ayudado por la pértiga desapareció nuevamente alejándose río adentro. Atónito y desorientado, recorrió en penumbra aquellas playas desiertas. Le parecía muy extraño que estuvieran deshabitadas, pues eso significaba o bien que él había sido el único en toda la eternidad que no había podido pagar al banquero, cosa improbable, o bien que aquellas almas vivían -aunque no sea la palabra más adecuada- escondiéndose entre los arbustos y las rocas de la playa para no ser descubiertas. Deambuló sin rumbo durante horas hasta que se sintió cansado y soñoliento, y decidió recostarse al pie de un ciprés para reposar.

Todo estaba oscuro cuando despertó. El hedor del Aqueronte se había transformado en un extraño y penetrante olor a tierra húmeda, por lo que pensó que todo había sido una pesadilla, una alucinación producida por la anestesia y la pérdida de la consciencia durante el accidente y la operación. A tientas, como un mimo ciego, palpó con las manos a su alrededor algo que parecía la rugosa superficie de unas tablas de madera, y al momento, intuyó que estaba atrapado en un ataúd, enterrado bajo tierra. Gritó y pataleó desesperadamente. Golpeó con todas sus fuerzas las paredes del féretro, pero todo fue inútil, nadie podía oírle. Buscó en los bolsillos del pantalón su teléfono móvil, pero los encontró vacíos, sin nada, ni siquiera una mísera moneda con la que hubiera podido comprar su vida eterna. Y entonces comprendió por qué no había encontrado a nadie en la playa, y supo dónde pasaría toda la eternidad.



14 comentarios:

Víctor dijo...

Terminadas las vacaciones, regresan las realidades para lelos con la frecuencia rutinaria de siempre. Espero volver a engancharos.

Fernando dijo...

Estremecedor relato, muy bien escrito, que nos hace reflexionar. Te felicito. Un abrazo.

Martín dijo...

Uff Victor, veo que las vacaciones no te han quitado la inspiración, sino todo lo contrario!! Enhorabuena! Ya estoy enganchado con tu regreso! Muy buen relato! Un abrazo

Gloria Estrada dijo...

Bacano que volviste Víctor
...y poderoso como siempre con tus relatos.
Un abrazo.

Claudia Sánchez dijo...

Buenísimo Victor! me gustó mucho!
Saludos!

una más... dijo...

A veces no hace falta morir para sentirse asi no?
Bienvenido de nuevo..
Saludos :)

Cloe dijo...

Será ese el precio? Una momneda hará la diferencia entre una eternidad a solas a otra más benévola?
Será cuestión de empezar a guardar monedas.

Abrazo

Esteban Dublín dijo...

Víctor, ¿conoces la Página Breves no tan breves?

Javier Ortiz dijo...

¡Genial!... Con una vuelta de tuerca tremendo y excelente poder narrativo.

Miguel dijo...

Bienvenido de nuevo, Victor.
¿No has pensado en venderle la idea a los productores de la serie "perdidos"?

Me ha gustado mucho. ¿cuanto vale una vida? A veces no vale ni siquiera una moneda.

Feliz regreso.

Un abrazo:

Miguel

Víctor dijo...

Gracias, Fernando. Cuando me ponga al día tras las vacaciones me paso por tu blog.

Espero seguir enganchándote con los siguientes, Martín. Un saludo.

Me gusta cómo suena eso de "bacano", Gloria. Lo incorporo a mi léxico.

Pues me alegro, Claudia, me alegro. Un abrazo.

Tienes razón, Una más, la eternidad puede vivirse sin morir.

Una moneda es el precio, Cloe, pero nadie te asegura que la otra etrnidad sea más benévola.

Sí la conozco, Esteban, aunque la frecuento poco. ¿Por qué lo preguntas?

Javier, si te gustan ese tipo de vueltas de tuerca, te recomiendo que leas alguno de los anteriores. Los agrupados bajo la etiqueta "Empatías" quizás sean de tu agrado.

Pues ahora que lo dices, Miguel, quizás se la venda. Con una moneda me basta, ¿no?

Esteban Dublín dijo...

Porque sería bueno que enviaras estos cuentos para que te publiquen ahí.

Campanula dijo...

Que bueno leerte de regreso, solo hasta hoy me estoy poniendo al día, y la verdad que no pierdes la capacidad de sorprender.
un abrazo

Víctor dijo...

Ok, Esteban. Ya te contaré.

Bienvenida Campanula. Yo también me fui durante el agosto de vacaciones así que no he tenido demasiado tiempo para escribir. Te será fácil ponerte al día.