miércoles, 15 de junio de 2016

Sal de mi vida


Recoger las lágrimas con precaución, colocarlas en aquellas cápsulas encima del radiador de la cocina, donde tú nunca entrabas, esperar que el agua se evaporase y que aparecieran aquellos minúsculos cristales en el fondo, guardarlos en los pequeños botes de cristal con unos granos de arroz, para protegerlos de la humedad... Conseguirla fue laborioso, no difícil. A cambio, ahora dispongo de un buen repertorio, bien a mano, en el especiero, y le echo una pizca a casi todo. La de picar cebollas para que tu cena estuviera a punto y así evitar reproches y broncas la uso en las ensaladas; como la origina un agente externo es más suave. La de pena e impotencia por no poder comprar la ropa que me gustaba, porque según tú era demasiado provocativa, la utilizo en la sopa y las verduras. La de todas aquellas madrugadas en vela esperando con miedo tu regreso la guardo para la carne roja y los tomates en rodajas. La que recogía después de los gritos, los golpes y el portazo de rigor, más intensa y un tanto amarga, la echo en las palomitas de las tardes de sofá y cine con mis amigas. Y para los chupitos de tequila con los que brindo por mi nueva vida tengo reservadas las escamas que obtuve con las lágrimas de alegría que derramé después de gritarte, al fin, esas cuatro palabras que han devuelto todo el sabor a mi existencia.


Este microrrelato ha sido publicado 
en la sección "Los pescadores de perlas"
de número 390 de la revista Quimera.

6 comentarios:

Anita Dinamita dijo...

Si algún día pongo una fábrica de sal la llamaría Sal de Dudas,
y si llegara a poner una fábrica de higos la llamaría Higos de Puta.
(Ajo)

Yo no tengo dudas de que este micro me encanta.
Abraçada

Hector Ugalde dijo...

¡Maravilloso!
Todo, hasta lo dulce, necesita una pizca de sal.
¡mUCHos salUCHos! :-]

Víctor dijo...

Y si me pido un pepito, Ana, será de ternera porque de ternura queda poca. Qué alegría pasar por el blog y tener que contestar comentarios. Qué joven me siento. Abraçades a dojo.

Gracias, Héctor. Sin sal la vida resulta un tanto sosa. Aunque, cosa rara, sin azúcar también. Gracias por pasarte y comentar. Un abrazo.

el marido de la portera dijo...

La alegría es para todos los que te seguimos cada vez que vemos que has publicado.

Estupendo, sin bajar un ápice la calidad a la que nos tienes acostumbrados.

Un saludo

Deigar dijo...

Cuán maravilloso, hombre. Se perdió lo mejor, y ella solo supo hacer buen uso de los recuerdos.

¡Saludos!

Víctor dijo...

Bienvenido, Deigar, y gracias por tu comentario. De todo se aprovecha algo, incluso de las lágrimas. Un saludo.