miércoles, 18 de noviembre de 2009

La primera noche


La noche que fue conducida a palacio y ofrecida al sultán, la hija del visir no tuvo ningún miedo. Su plan era infalible. Sabía que nada iba a fallar, que todas esas noches leyendo relatos a la luz del candil, quemándose las pestañas, recordando antiguas leyendas y escuchando nuevas versiones, tratando de memorizar los personajes, las tramas, los desenlaces, ideando el modo de mantener la tensión y el interés, de crear incertidumbres, de engarzar un cuento con otro y así conseguir aplazar su ejecución hasta la siguiente noche, sabía que todo eso, no había sido un esfuerzo inútil. Se tendió, pues, sobre el lecho y tras brindar con el sultán empezó a contarle la primera historia.

Puso todo su empeño en aquella narración: gesticulaba exageradamente, como escenificando las acciones a medida que sucedían, anunciaba trepidantes aventuras inminentes, para dejarle insatisfecho, con ganas de más, incluso modulaba su voz según intervenía un personaje u otro. En el punto álgido de la narración, cuando estaba a punto de posponer el desenlace, pretextando una supuesta jaqueca producida por el viaje a palacio, el sultán alzó el brazo y profirió:

- Y entonces llega el mercader a su casa y se da cuenta de que todo su tesoro ha quedado reducido a tres monedas de plata, porque el mendigo al que ha negado un trozo de pan en el templo y el que se las dio días atrás, asegurándole que se multiplicarían debido a su buena acción, son la misma persona. Ese cuento ya me lo sé. Me lo contaba mi abuelo cuando era pequeño.

Y a la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol reluciendo sobre la afilada hoja, fue decapitada.

14 comentarios:

no comments dijo...

En esta ocasión la hija del visir no tuvo tanta suerte, el sultán se sabía ya la historia y por ella la castigó. ¿Qué cruel no?

Un saludo indio

Anonima Mente dijo...

De la segunda ya ni hablamos no?.

Muy interesante tu cuento, o tu tanato-cuento...

Un saludin

Miguel dijo...

Increiblemente bueno, Víctor.

Un abrazo

Miguel

Oriana P. S. dijo...

Ay, con Scherezade.
Digo, habiendo tantos blogs donde hay cuentitos buenos, se pone a contar una historia más que contada. Mal negocio.
A ver si la próxima vez que llegue donde el sultán le ponen internet a la pobrecita. Hay que adaptarse a los tiempos modernos.

Jeje. Me gustó mucho, Víctor. Como siempre.
Un beso.

Javier Ortiz dijo...

Já… en esta ocasión no le sirvió de nada las noches en vela quemándose las pestañas. Pobre hija del visir, hubiera leído cosas más rebuscadas ¿no?

Muy divertido y entretenido (y con un final brutal).

Un saludo lelo.

Neogeminis dijo...

jajajajaja qué sádico!!!!... has pinchado los mil y un cuentos que la pobre se había aprendido!!! jajajajajaa

Muy bueno!

Hasta cada rato!

Belén dijo...

Mal tema eso de no ser original...

Besicos

Víctor dijo...

Cruel quién, No Comments, ¿el sultán o el relato? Un saludo.

La segunda noche se la pasó el sultán viendo la tele. O sea, que mejor nos la saltamos, Anonima Mente.

Increiblemente agradecido, Miguel. Otro abrazo.

Jejejeje, a mí me gustó mucho tu comentario, Oriana. Tienes razón, a ver si le ponen banda ancha de una vez por todas. Un abrazo.

No le sirvieron de nada todas esas noches, Javier. Hay que ser original, sino te cortan la cabeza, literal o metafóricamente. Un saludo.

Quizás se los cuente a Caronte, Neogéminis. Ya que se los ha aprendido, a alguien se los tendrá que explicar.

¿Lo dices por mi o por la protagonista, Belén? Saludicos.

Belén dijo...

Por la protagonista, por dios!

besicos

Víctor dijo...

Ufff... menudo peso me quitas de encima, Belén. Como me encuentre al sultán le explico un cuento que lo espabilo... Más saludicos.

no comments dijo...

El sultán por Dios, jeje

Víctor dijo...

Pues menudo peso me quitas de encima, No Comments. Si me encuentro al sultán quizás me salve una noche.

Martín dijo...

Muy bueno este. Son esos relatos en que me quedo pensando como no se me ocurrió a mí! Un abrazo

Víctor dijo...

Gracias, Martín. Seguramemte no se te ocurrienron a ti porque estabas distraído pensando en los tuyos que ya podrían habérseme acurrido a mí. No se puede estar en todo, Martín. Un saludo.