lunes, 1 de junio de 2009
El lápiz mágico
Cat woman
jueves, 28 de mayo de 2009
Salto mortal
martes, 26 de mayo de 2009
Sueños necrológicos
domingo, 24 de mayo de 2009
El insomio de Spiderman
Por culpa del zumbido de una mosca noctámbula, Peter Parker sigue dando vueltas bajo las sábanas, en su apartamento neoyorquino, sin poder pegar ojo. De pronto, gracias a sus superpoderes arácnidos, percibe el accidente en el teleférico, en las afueras de la ciudad, donde la vida de seis personas –entre ellas dos mujeres y un niño- pende literalmente de un hilo. Sólo él puede actuar con la rapidez necesaria; ni los servicios de emergencia, ni la policía ni los bomberos son capaces de actuar con tanta celeridad. Debe darse prisa: el deber le llama. Salta de la cama, se enfunda el ceñido traje azul y rojo y acude heroicamente al rescate, no sin antes lanzar por sus muñecas unos pegajosos hilillos hacia el techo y empaquetar a la mosca, con pacientes movimientos circulares, sin prisa alguna, en un sedoso capullo. El instinto es el instinto, lo demás puede esperar.
jueves, 21 de mayo de 2009
Nadie
Al cabo de un rato advertí que, además, no había nadie en el barrio, ni peatones ni vehículos circulando. La sensación era angustiosa, por insólita. A medida que recorría las calles, comprobando a cada instante que no había recibido ninguna llamada en el móvil, encontraba un panorama desolador: ni un alma en las calles, todas desiertas, las tiendas cerradas, los coches estacionados. Incapaz de soportar tanto aislamiento, me acerqué al parque para asegurarme un encuentro con personas, pero allí tampoco había nadie. Recorrí a toda prisa las dos calles que me separaban de mi coche con la intención de montarme en él y conducir hasta que apareciera alguien, aunque fuera un completo desconocido, ya me bastaba. Pero, tras cuarenta minutos dando vueltas sin compañía por las principales avenidas y calles, desistí. Estaba solo en la ciudad, quizás también en el mundo.
Ahora, dos años después, ya me ha acostumbrado a la soledad absoluta. Nadie en las calles, ni en las tiendas, ni en las casas, ni en las fábricas ni en los colegios. Sin embargo, no es tan difícil soportarlo. Lo peor no es eso; lo peor es descubrir colillas todavía humeantes en el suelo, vasos con los cubitos de hielo sin derretir, o ver los columpios del parque balanceándose mientras se oye un murmullo de voces, riéndose, a lo lejos.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Naufragios 2.0
Tenía la convicción de que navegar por la red -gran antítesis informática- me mantenía fuera de peligro. Pero me pescaron con un mar.
Pena de muerte
Los operarios han pasado la noche en vela, silbando alegres melodías, mientras montaban el improvisado patíbulo al que ahora, irremediablemente, tengo que subir. Tampoco yo he podido pegar ojo aunque, como pueden comprender, por otras razones. Todos me dicen que no me preocupe, que la muerte así es instantánea, sin sufrimiento, que todo resulta tan rápido que casi ni te das cuenta. Pero sé que lo hacen únicamente para consolarme, porque ninguno de ellos se ha enfrentado todavía a una situación similar.
La plebe, que abarrota la plaza, grita como loca cuando subo por los chirriantes escalones de madera del patíbulo. Quieren sangre, muerte. Me tiemblan las piernas, pero no debo mostrar mi debilidad en este momento. Justo ahora es cuando debo exhibir mi valentía, mi orgullo. El juez lee de nuevo la sentencia condenatoria e indica con el pulgar hacia abajo que ha llegado la hora.
Bajo la palanca y la afilada hoja cae sobre el cuello del reo: su cabeza de separa del cuerpo y rueda hasta mis pies. Mis compañeros tenían razón. Ha sido tan rápido que, oculto tras la capucha negra, casi ni me he dado cuenta.
martes, 19 de mayo de 2009
Los amantes nocturnos
- No sé cómo voy a soportar seis meses sin verte, Diego, después de tanto tiempo juntos.
- No te preocupes, Isabel. Me encontrarás todas las noches en tus sueños. Te lo prometo. Vendré a verte cuando estés dormida.
Seis meses más tarde, regresó Diego al pueblo e Isabel le contó que, harta de discutir con él cada noche en el mundo onírico, una madrugada, antes de despertar, decidió acabar de una vez por todas con la relación. Se levantó de la cama, salió de casa y le propuso matrimonio al cartero, un tipo simpático y atento, que aceptó sin dudarlo.
Diego, curiosamente, encajó la noticia con serenidad, como si no le estuvieran contando nada nuevo.
sábado, 16 de mayo de 2009
Entierro acústico
Al principio creí que iba a ser un funeral como tantos otros a los que me ha tocado asistir, pero poco a poco, y quizá debido a lo agudo de mi oído, me he ido convenciendo de lo contrario. Colocaron el féretro sin ningún cuidado sobre el coche fúnebre, y cerraron con un portazo sordo. El sonido del motor, circulando a marcha lenta, se mezclaba con los llantos ahogados que procedían de la parte trasera del vehiculo, donde decenas, tal vez cientos de personas, se dirigían a la iglesia arrastrando sus pasos. La puerta crujió al abrirse y, cuando sacaron del coche el ataúd, la multitud estalló en un sonoro aplauso. Yo, evidentemente, no aplaudí pues siempre me ha parecido ridículo ovacionar un cadáver. Las ruedas del carro metálico en el que acomodaron el féretro chirriaban mientras se desplazaba por el pasillo central de la iglesia, entre gemidos y sollozos procedentes de los bancos laterales. El sermón del sacerdote, eso sí, fue como todos: insípido, lacrimógeno y declamado sin ganas. Su voz me llegaba ahogada, apagada, como de muy lejos. Me sentí indignado e impotente a su vez cuando escuché el tintineo de las monedas que iban cayendo sobre la cesta del cepillo. Y no moví ni un músculo, pues, entre otras cosas, considero de mal gusto pedir dinero cuando se despide al ser querido. Terminó la ceremonia y colocaron de nuevo el féretro en el coche de la funeraria. Ya en el cementerio, los lloros y lamentos perdieron en número lo que ganaron en intensidad y crudeza. La madera chirrió mientras colocaban el ataúd, para siempre, en el nicho; después se pudo oír con claridad el sonido de la paleta del enterrador que sellaba con yeso las rendijas que separaban ambos mundos. Al fin, alguien balbuceó una plegaria, que no llegué a comprender, y las pisadas fueron alejándose poco a poco, hasta volverse inaudibles. Entonces se instaló este silencio que tanto odio y que se ha convertido en la única compañía que tengo aquí, atrapado en la soledad de mi ataúd.
