lunes, 1 de junio de 2009

El lápiz mágico

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Tirado bajo el escritorio, encuentro un lápiz de madera, con la punta afilada. No es mío, de eso estoy seguro, pues yo siempre utilizo portaminas. Lo recojo extrañado del suelo y distraídamente esbozo una araña del tamaño de un botón en una hoja de papel. En un abrir y cerrar de ojos, la araña adquiere vida propia y empieza a pasearse por la superficie del folio. Asustado, la aplasto con el paquete de tabaco vacío y me olvido de ella. Al instante, un tanto nervioso, me entran ganas de fumar, por lo que dibujo un cigarrillo e incluso me permito el lujo de escribir sobre el filtro el nombre de una buena marca, bastante cara, que hace tiempo que no compro. Dibujo un encendedor, lo alcanzo, y prendo la punta del cigarrillo. Mientras lo saboreo, voy bosquejando unas monedas y éstas van surgiendo, brillantes y metálicas, de la hoja de papel. Me las guardo en el bolsillo, para el café de la tarde, y volteando el lápiz entre mis dedos pienso en cosas que quisiera tener. Tras considerarlo a fondo, me doy cuenta de que lo que verdaderamente necesito, lo que más deseo, no se puede dibujar, así que trazo una goma y, cuando ésta aparece, borro el inútil y peligroso lápiz antes de que caiga en peores manos.

Cat woman

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Tras robarme el corazón con sensuales contoneos felinos y unas pupilas ovaladas que me observaban con lascivia, anoche en la discoteca, la invité a subir a mi apartamento. Esta mañana, se ha despertado antes que yo y, con el mismo sigilo de gata, me ha robado el móvil, la cartera, el portátil y lo poco de autoestima que me quedaba.

jueves, 28 de mayo de 2009

Salto mortal

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La presión es máxima, pues sólo dispone de un intento. Se lo juega todo en ese salto: su presente y su futuro. Los dedos de sus pies, apoyados en el canto del trampolín, soportan su cuerpo tenso. Respira hondo, toma impulso y salta.
El doble mortal, de impecable ejecución, se enlaza con un difícil tirabuzón y medio dibujado en el aire, consiguiendo un salto casi perfecto. Lo único que le falta para rematar el ejercicio es no salpicar demasiado, y lo consigue: apenas unas pocas gotas de sangre que salen despedidas de su oído cuando impacta con las baldosas de la piscina vacía.

martes, 26 de mayo de 2009

Sueños necrológicos

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En lo más profundo del sueño, como recién llegada de otro mundo, apareció Linda, la perrita que tuve hace más de veinte años, saltando alrededor de mi abuelo, que se fue al cielo –según me dijeron- cuando yo todavía era muy pequeño, y a quien sólo recuerdo por las fotos que me enseñaban a veces en casa. Iba a preguntarle algo, no recuerdo qué, quizás si me reconocía ahora, tan mayor, cuando vi cruzar alegremente la acera a Juan, el chico de mi clase que atropellaron cerca de la escuela en sexto curso; Carlos, que murió de accidente de tráfico dos semanas antes de su boda, tuvo que clavar los frenos para no arrollar al chico. Recuerdo que lo absurdo de esa situación me hizo sonreír. Y entonces la calle se llenó de gente conocida: el tío de Marta, que aunque dentro de su ataúd tenía un aspecto horrible ahora parecía incluso más joven, los vecinos del cuarto que perdieron la vida con otras siete personas en el naufragio del velero en la costa adriática, Miguel y Fran, que no pudieron superar sus largas enfermedades... Al fin, harto de no cruzarme con ningún vivo en mi sueño, me acerqué a mi prima Eva, fallecida recientemente de paro cardíaco, y le pregunté:
- Pero Eva, ¿no hay nadie con vida en este sueño? ¿Estáis todos muertos?
- Sí –respondió, con una sonrisa que no me gustó-, todos lo estamos.

domingo, 24 de mayo de 2009

El insomio de Spiderman


Por culpa del zumbido de una mosca noctámbula, Peter Parker sigue dando vueltas bajo las sábanas, en su apartamento neoyorquino, sin poder pegar ojo. De pronto, gracias a sus superpoderes arácnidos, percibe el accidente en el teleférico, en las afueras de la ciudad, donde la vida de seis personas –entre ellas dos mujeres y un niño- pende literalmente de un hilo. Sólo él puede actuar con la rapidez necesaria; ni los servicios de emergencia, ni la policía ni los bomberos son capaces de actuar con tanta celeridad. Debe darse prisa: el deber le llama. Salta de la cama, se enfunda el ceñido traje azul y rojo y acude heroicamente al rescate, no sin antes lanzar por sus muñecas unos pegajosos hilillos hacia el techo y empaquetar a la mosca, con pacientes movimientos circulares, sin prisa alguna, en un sedoso capullo. El instinto es el instinto, lo demás puede esperar.

jueves, 21 de mayo de 2009

Nadie



Me levanté tarde de la cama, como todos los domingos. Eran más de las diez. Mientras me desperezaba, miré por la ventana y me sorprendí al ver, bajo un sol sin fuerza, el quiosco todavía cerrado. Al mal tiempo buena cara, pensé, así que decidí desayunar en la cafetería para leer el periódico con tranquilidad, pero al llegar abajo la encontré con la persiana bajada. Llamé a Carla, mi chica, pero la misma voz que me agradece a diario la compra de tabaco y la que me aconseja dejar el tique de forma visible en el parabrisas de mi coche, me informó, por primera vez en la vida, de que su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Lo intenté con Carlos, con Javi y con Alberto, pero conseguí idéntico resultado. Bueno, me dije con resignación, pasaré la mañana solo, hasta que me llamen.

Al cabo de un rato advertí que, además, no había nadie en el barrio, ni peatones ni vehículos circulando. La sensación era angustiosa, por insólita. A medida que recorría las calles, comprobando a cada instante que no había recibido ninguna llamada en el móvil, encontraba un panorama desolador: ni un alma en las calles, todas desiertas, las tiendas cerradas, los coches estacionados. Incapaz de soportar tanto aislamiento, me acerqué al parque para asegurarme un encuentro con personas, pero allí tampoco había nadie. Recorrí a toda prisa las dos calles que me separaban de mi coche con la intención de montarme en él y conducir hasta que apareciera alguien, aunque fuera un completo desconocido, ya me bastaba. Pero, tras cuarenta minutos dando vueltas sin compañía por las principales avenidas y calles, desistí. Estaba solo en la ciudad, quizás también en el mundo.

Ahora, dos años después, ya me ha acostumbrado a la soledad absoluta. Nadie en las calles, ni en las tiendas, ni en las casas, ni en las fábricas ni en los colegios. Sin embargo, no es tan difícil soportarlo. Lo peor no es eso; lo peor es descubrir colillas todavía humeantes en el suelo, vasos con los cubitos de hielo sin derretir, o ver los columpios del parque balanceándose mientras se oye un murmullo de voces, riéndose, a lo lejos.



También publicado en 365 contes

miércoles, 20 de mayo de 2009

Naufragios 2.0


Tenía la convicción de que navegar por la red -gran antítesis informática- me mantenía fuera de peligro. Pero me pescaron con un mar.

Pena de muerte


Los operarios han pasado la noche en vela, silbando alegres melodías, mientras montaban el improvisado patíbulo al que ahora, irremediablemente, tengo que subir. Tampoco yo he podido pegar ojo aunque, como pueden comprender, por otras razones. Todos me dicen que no me preocupe, que la muerte así es instantánea, sin sufrimiento, que todo resulta tan rápido que casi ni te das cuenta. Pero sé que lo hacen únicamente para consolarme, porque ninguno de ellos se ha enfrentado todavía a una situación similar.

La plebe, que abarrota la plaza, grita como loca cuando subo por los chirriantes escalones de madera del patíbulo. Quieren sangre, muerte. Me tiemblan las piernas, pero no debo mostrar mi debilidad en este momento. Justo ahora es cuando debo exhibir mi valentía, mi orgullo. El juez lee de nuevo la sentencia condenatoria e indica con el pulgar hacia abajo que ha llegado la hora.

Bajo la palanca y la afilada hoja cae sobre el cuello del reo: su cabeza de separa del cuerpo y rueda hasta mis pies. Mis compañeros tenían razón. Ha sido tan rápido que, oculto tras la capucha negra, casi ni me he dado cuenta.


martes, 19 de mayo de 2009

Los amantes nocturnos

- No sé cómo voy a soportar seis meses sin verte, Diego, después de tanto tiempo juntos.

- No te preocupes, Isabel. Me encontrarás todas las noches en tus sueños. Te lo prometo. Vendré a verte cuando estés dormida.

Seis meses más tarde, regresó Diego al pueblo e Isabel le contó que, harta de discutir con él cada noche en el mundo onírico, una madrugada, antes de despertar, decidió acabar de una vez por todas con la relación. Se levantó de la cama, salió de casa y le propuso matrimonio al cartero, un tipo simpático y atento, que aceptó sin dudarlo.

Diego, curiosamente, encajó la noticia con serenidad, como si no le estuvieran contando nada nuevo.


sábado, 16 de mayo de 2009

Entierro acústico


Al principio creí que iba a ser un funeral como tantos otros a los que me ha tocado asistir, pero poco a poco, y quizá debido a lo agudo de mi oído, me he ido convenciendo de lo contrario. Colocaron el féretro sin ningún cuidado sobre el coche fúnebre, y cerraron con un portazo sordo. El sonido del motor, circulando a marcha lenta, se mezclaba con los llantos ahogados que procedían de la parte trasera del vehiculo, donde decenas, tal vez cientos de personas, se dirigían a la iglesia arrastrando sus pasos. La puerta crujió al abrirse y, cuando sacaron del coche el ataúd, la multitud estalló en un sonoro aplauso. Yo, evidentemente, no aplaudí pues siempre me ha parecido ridículo ovacionar un cadáver. Las ruedas del carro metálico en el que acomodaron el féretro chirriaban mientras se desplazaba por el pasillo central de la iglesia, entre gemidos y sollozos procedentes de los bancos laterales. El sermón del sacerdote, eso sí, fue como todos: insípido, lacrimógeno y declamado sin ganas. Su voz me llegaba ahogada, apagada, como de muy lejos. Me sentí indignado e impotente a su vez cuando escuché el tintineo de las monedas que iban cayendo sobre la cesta del cepillo. Y no moví ni un músculo, pues, entre otras cosas, considero de mal gusto pedir dinero cuando se despide al ser querido. Terminó la ceremonia y colocaron de nuevo el féretro en el coche de la funeraria. Ya en el cementerio, los lloros y lamentos perdieron en número lo que ganaron en intensidad y crudeza. La madera chirrió mientras colocaban el ataúd, para siempre, en el nicho; después se pudo oír con claridad el sonido de la paleta del enterrador que sellaba con yeso las rendijas que separaban ambos mundos. Al fin, alguien balbuceó una plegaria, que no llegué a comprender, y las pisadas fueron alejándose poco a poco, hasta volverse inaudibles. Entonces se instaló este silencio que tanto odio y que se ha convertido en la única compañía que tengo aquí, atrapado en la soledad de mi ataúd.