Quería, como Poe, crear atmósferas terroríficas en sus relatos y hurgar en lo más hondo de la psicología humana. Deseaba encontrar las correspondencias sensoriales, las relaciones mágico-casuales entre objetos, como Baudelaire y fijarlas con palabras. Anhelaba narrar como Maupassant, espasmódicamente, plantando el germen del miedo en el seno del lector, el nerviosismo, la ansiedad. Quería que sus textos tuvieran -sobre todo- la ironía y la lucidez de Larra.
Compró sus obras completas y un par de buenas biografías de cada uno de ellos y las leyó con avidez. Al poco, empezó a beber. Pasó del alcohol a otras drogas –éter, hachís, opio- y enloqueció. Acabó descerrajándose los sesos en su cuarto una fría noche de febrero, sin dejar escrita ni siquiera una triste nota de despedida.
Compró sus obras completas y un par de buenas biografías de cada uno de ellos y las leyó con avidez. Al poco, empezó a beber. Pasó del alcohol a otras drogas –éter, hachís, opio- y enloqueció. Acabó descerrajándose los sesos en su cuarto una fría noche de febrero, sin dejar escrita ni siquiera una triste nota de despedida.
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Este microrrelato
se publica también hoy
en la sección "Interbreves"
de la
Internacional Microcuentista.

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