sábado, 29 de agosto de 2009

La tercera guerra mundial


Al fin, el secreto ocultado con mayor recelo por el gobierno se filtra en la prensa y se convierte en noticia. En la única noticia posible. Los titulares de las portadas de los diarios de todo el mundo, en edición especial de tarde, son fríamente aterradores. Un meteorito chocará inevitablemente contra la tierra. Inevitablemente.

Así pues, no hay salvación. El impacto está previsto dieciocho días más tarde, a las tres y media de la madrugada, hora internacional. El planeta entero, conocedor de su destino por primera vez en la historia y apremiado por la prisa, se dispone a saciar impunemente –la justicia es demasiado lenta, ya se sabe- sus más bajos instintos. El caos se apodera de las calles: se cometen violaciones, robos, agresiones... el pillaje, el vandalismo y el desenfreno reinan en la ciudad, y las autoridades no pueden controlar la situación, en parte porque la policía y el ejército están involucrados en la mayoría de esos actos criminales.

Cuatro días después, se filtra otra noticia en la prensa. Más sorprendente que la primera, si cabe. Se ha descubierto un trasbordador espacial, proyecto militar de la NASA de alto secreto, con capacidad para mil personas, preparado para realizar un viaje hacia la estación espacial MIS-2, o sea, el único lugar a salvo de la catástrofe. Los países, desbordados por la situación e incapaces de racionalizar el problema, se aferran a ello como a un clavo ardiendo y se organizan militarmente para conseguir esas mil plazas. Ese día da inicio la tercera guerra mundial, la única confrontación bélica con fecha de caducidad, con día y hora límites, pues al mundo tan sólo le quedan dos semanas. Resurge de nuevo el patriotismo y las oficinas nacionales de alistamiento no dan abasto. Se trata, únicamente, de exterminar a todos los demás, y después ya se verá, se supone que a exterminarse entre ellos, entre los vencedores, hasta que sólo queden mil.

Al cabo de doce días, a tan sólo dos del impacto, el trasbordador espacial despega de la base y se eleva dejando tras de sí un mundo desolado, totalmente arrasado, aniquilado en poco más de diez días, sin rastro de vida. Lamentablemente, y pese a todos los esfuerzos, en el interior de la nave han quedado todavía algunos asientos vacíos, algunas plazas desocupadas.

jueves, 27 de agosto de 2009

Sesión doble


Señoras y señores, damas y caballeros, niños y niñas, no se pierdan el magnífico e irrepetible espectáculo que tendrá lugar en este teatro esta misma noche, en el que, ante todos ustedes, afortunados que podrán disfrutar de esta prodigiosa actuación por unas pocas monedas, el grandioso Carlo Broccini realizará un número sin precedentes, nunca visto anteriormente sobre un escenario: un suicidio real, sin trampa ni cartón, con médicos forenses que certificarán, bajo la mirada atenta de un notario, su muerte. Funciones a las nueve en punto y a las diez y media. No se lo pierdan. Muchas gracias.

lunes, 24 de agosto de 2009

Caronte


Comprendió que la operación de urgencia tras el brutal accidente en la carretera había resultado un rotundo fracaso cuando, esperando de pie en la orilla, vio cómo aquella frágil barca se le acercaba con lentitud surcando las oscuras y pestilentes aguas. Todo coaguló en ese instante: estaba muerto. Jamás había creído en otra vida que no fuese la terrenal; siempre pensó que la muerte era el final definitivo, así que se alegró tímidamente porque la situación podía haber sido mucho peor. Resignado y expectante, aguardó la llegada de la pequeña embarcación hasta que la proa encalló con suavidad sobre la arena. Cuando ya se disponía a subir, tras intercambiar un tímido saludo de compromiso, el barquero le detuvo. Para cruzar a la otra orilla debes pagarme una moneda, dijo sin ganas, cansado de repetir perpetuamente la misma frase. Buscó en los bolsillos aunque no encontró ninguna: jamás llevaba calderilla en los bolsillos, pues odiaba el tintineo de las monedas al caminar. Se palpó inquieto el pantalón en busca de la cartera pero no la llevaba encima. Tampoco en los bolsillos de la chaqueta. Mira debajo de la lengua, antiguamente os las ponían ahí, añadió el barquero con frialdad. Sin entender por qué había utilizado el plural, movió la lengua para comprobar esa última posibilidad, aunque tampoco hubo suerte. Entonces, sintiéndolo mucho, deberás quedarte en esta orilla condenado a vagar en ella toda la eternidad, y tras estas palabras dio media vuelta y ayudado por la pértiga desapareció nuevamente alejándose río adentro. Atónito y desorientado, recorrió en penumbra aquellas playas desiertas. Le parecía muy extraño que estuvieran deshabitadas, pues eso significaba o bien que él había sido el único en toda la eternidad que no había podido pagar al banquero, cosa improbable, o bien que aquellas almas vivían -aunque no sea la palabra más adecuada- escondiéndose entre los arbustos y las rocas de la playa para no ser descubiertas. Deambuló sin rumbo durante horas hasta que se sintió cansado y soñoliento, y decidió recostarse al pie de un ciprés para reposar.

Todo estaba oscuro cuando despertó. El hedor del Aqueronte se había transformado en un extraño y penetrante olor a tierra húmeda, por lo que pensó que todo había sido una pesadilla, una alucinación producida por la anestesia y la pérdida de la consciencia durante el accidente y la operación. A tientas, como un mimo ciego, palpó con las manos a su alrededor algo que parecía la rugosa superficie de unas tablas de madera, y al momento, intuyó que estaba atrapado en un ataúd, enterrado bajo tierra. Gritó y pataleó desesperadamente. Golpeó con todas sus fuerzas las paredes del féretro, pero todo fue inútil, nadie podía oírle. Buscó en los bolsillos del pantalón su teléfono móvil, pero los encontró vacíos, sin nada, ni siquiera una mísera moneda con la que hubiera podido comprar su vida eterna. Y entonces comprendió por qué no había encontrado a nadie en la playa, y supo dónde pasaría toda la eternidad.



sábado, 15 de agosto de 2009

Taxi


Aunque no me apremia el tiempo, pues todavía faltan dos horas para la cita, decido coger un taxi para que me lleve cómodamente al teatro. No tengo ninguna prisa, pero no quiero llegar agotado por el paseo; prefiero esperar allí tomando una copa. Enseguida aparece uno en la esquina, y con el mismo gesto con el que pido la cuenta en los bares, hago que se detenga. Entro por la parte trasera –no me gusta ir de copiloto en los coches-, intercambiamos un tímido saludo, y mientras me acomodo en el asiento escucho débilmente la voz del taxista:

- Avenida de Madrid, número doce, por favor.

- ¿Perdone?

- Avenida de Madrid, número doce, por favor –repite el taxista-.

Se gira, conecta el taxímetro y se incorpora con seguridad a la circulación, no sin antes recomendarme que me abroche el cinturón. En realidad no hace tanto que vivo en esta ciudad, y aunque todos aseguran que debo verla, jamás he estado en la Avenida de Madrid, por lo que no protesto y me dejo llevar. Mientras me observa como si nada por el retrovisor, me comenta lo difícil que está el oficio, las dificultades económicas por las que pasa el sector, la amenaza de la crisis, y termina, como todos, despellejando a políticos de uno y otro bando. Advierto, mirando distraídamente por la ventanilla, que el conductor no ha elegido la ruta más corta, pero tampoco muestro mi disconformidad: se ve que el tipo no está pasando por un buen momento y me compadezco de él. Al fin, detiene el taxi en doble fila, enciende los cuatro intermitentes, y parando el taxímetro masculla:

- Ya hemos llegado: Avenida de Madrid, número doce. A ver, serán catorce con quince...

-¿Cuánto dice?

- Catorce con quince –repite con claridad-. Un momento por favor.

Mientras busco en mi cartera el dinero, el taxista se vuelve y me alarga dos billetes, uno de diez y otro de cinco. Me dice que me quede con el cambio, y se despide de mí con un guiño y un hasta la próxima.

Ya en la acera, con los billetes todavía en la mano, contemplo la avenida de la que tanto me han hablado y me decepciona: hay poquísimos árboles y casi nadie, excepto algún coche, pasea por ella. Me guardo el dinero en el bolsillo trasero mientras pienso lo fácil que ha sido obtenerlo, y como todavía tengo tiempo se me ocurre volver a intentarlo, subir de nuevo a otro taxi y esperar a ver dónde me lleva y cuánto me pagará por ello. Aparece otro al momento y le hago un gesto para que pare. Una vez dentro, en silencio, espero ansioso las palabras del taxista, que me pregunta:

- Buenas tardes, ¿dónde le llevo?

- ¿Perdone?

- ¿Que dónde le llevo, por favor?

- Lo siento, no le había oído –miento-. Al teatro principal, por favor –contesto al final desilusionado-.

Me abrocho el cinturón y, para distraerme durante el trayecto, le pregunto cómo van las cosas en el mundo del taxi, si les afecta la crisis, y esas cosas, no sin antes indicarle que me lleve directo al teatro, sin hacer rodeos, porque –ahora sí- tengo un poco de prisa.

miércoles, 29 de julio de 2009

Bazar de recuerdos


Una madrugada borrosa, hace un par se semanas, escuché en un bar a dos tipos que hablaban sobre algo llamado el Bazar de Recuerdos, un lugar en el que, decían, se compraban y vendían recuerdos. Jamás había oído hablar de ello, por lo que a la mañana siguiente, sin duda mordido por la curiosidad, lo primero que hice al levantarme fue, tras tomarme mi dosis de ácido acetilsalicílico para la resaca, informarme debidamente sobre el tema. Se trataba de un negocio extraño, pues mezclaba lo monetario con algo tan inmaterial y puro como los recuerdos. La idea me pareció atractiva, así que un día me acerqué a la franquicia que acababan de abrir en mi ciudad y leí todos los folletos, trípticos, carteles y demás que encontré a mi paso. Entonces, totalmente convencido, me acerqué al mostrador y vendí el recuerdo de una de las mejores épocas de mi vida: el de mi primer amor. Al principio me resistí a desprenderme de él, pero la cifra sin duda resultaba demasiado atractiva. Y mi situación económica no me permitía sentimentalismos. Guardé los billetes en la cartera y al instante olvidé el nombre de una chica, y todos los momentos –a decir verdad, solamente los buenos- que vivimos juntos. Me pareció una forma demasiado fácil de conseguir dinero, y no desaproveché la oportunidad. Cambié por una buena suma el recuerdo de aquel fin de semana apoteósico con los amigos en la cabaña del monte, el del viaje a Centroamérica con la sola compañía de un cuaderno de notas y una cámara fotográfica, el de la noche apasionada con aquella chica en la playa. Y tantos otros. El empleado me entregó el dinero en billetes grandes mientras todas esas imágenes iban desvaneciéndose en mi cabeza y me preguntó, con una sonrisa ensayada, si deseba desprenderme, pagando un precio razonable, de algún mal recuerdo. Total, me dije, por cuatro chavos puedo arrancar esas malas experiencias que llevo clavadas en la memoria desde hace años y que tanto me atormentan, y sin pensarlo más, empezamos a negociar cuánto me costaría olvidar mi primer fracaso amoroso, la primera traición de un amigo, y el mes que pasé con depresión, solo, encerrado en casa. El precio resultó asequible, y más después de haberle vendido ya los buenos recuerdos, así que enseguida cerramos el trato. A medida que le devolvía parte del dinero que me había entregado antes, aquellas imágenes traumáticas iban evaporándose de mi consciencia dejándome un vacío agradable, una amnesia placentera. Todo era tan sencillo que empecé a aficionarme a negociar con mis recuerdos: vendía con cierta amargura los buenos momentos vividos y, con el dinero que sacaba, me despojaba de los malos. Para compensar. Durante dos semanas me dediqué exclusivamente a esta compraventa hasta que ayer, buscando en mi memoria algo agradable que empeñar, me entraron náuseas y mareos, y me acerqué un poco asustado al consultorio médico. Tras un exhaustivo chequeo e infinidad de preguntas, muchas de las cuales quedaron sin respuesta, el doctor me diagnosticó Alzheimer incipiente, aunque me dijo que no me traumatizara, pues todavía no se había desarrollado demasiado la enfermedad. Evidentemente no me preocupa lo más mínimo: esta misma tarde me acerco al bazar y me deshago, cueste lo que cueste, del recuerdo de la visita al médico de ayer.


lunes, 27 de julio de 2009

Abandono familiar


No sé cuánto llevo sin verla porque cuando ella se marchó -hace ya tanto- me quedé solo y desconcertado entre estas cuatro paredes y perdí la noción del tiempo. Se despidió con un simple adiós, sin mirarme, y yo me quedé estupefacto, sin poder decir ni una palabra. Desde entonces la echo de menos. Muchísimo. Añoro el modo de decirme entre las sábanas, con la primera sonrisa de la jornada y un ojo entreabierto, buenos días guapo; extraño sus canciones susurradas a media voz como para no molestar mientras me miraba fijamente y yo permanecía inmóvil, mudo, atrapado por su canto de sirena; a menudo evoco con nostalgia aquellas largas charlas matinales en las que arreglábamos el mundo mientras devorábamos un desayuno pantagruélico y escuchábamos las noticias en la radio; incluso echo en falta las dos o tres leves contracciones musculares que necesita para dormirse y que siempre me desvelan cuando estoy a punto de pillar el sueño. Sin duda lo daría todo por uno de esos abrazos suyos que sin embargo recuerdo ya tan lejanos. Porque hace ya tanto de eso... No sé cuánto más voy a poder soportar esta soledad sin perder la cabeza. Si esto sigue así soy capaz de cometer cualquier tontería. Hasta se me ha pasado por la...

¿Me has echado mucho de menos, nene? pregunta ella desde la puerta tras regresar a casa -como cada tarde desde hace ya más de ocho años- después de un duro día en el trabajo. ¿Se te ha hecho largo el día sin mí? añade con sorna y un guiño.

viernes, 24 de julio de 2009

Se busca príncipe azul


Durante años la princesa recorrió los reinos vecinos en busca de su príncipe azul pero a todos les faltaba algo para parecerse a la imagen prototípica que ella había ideado de él siendo niña; muy a su pesar, ninguno de los miles de apuestos galanes que encontró durante el largo viaje, solícitos y educados, consiguió cautivarla. Años más tarde, convertida ya en una vieja princesa solterona y decrépita, cayó en la cuenta de su error cuando tras un chequeo rutinario el médico de palacio le diagnosticó daltonismo.

lunes, 20 de julio de 2009

Declaración de amor


Con la sospecha de que quizás era ya demasiado tarde, se arrodilló un poco avergonzado sobre la hierba todavía húmeda y descubrió, con el gesto vistoso de un mago, el ramo de rosas que ocultaba torpemente detrás de la espalda. Buscó aquellos ojos que durante tantas noches había deseado, y los encontró como siempre, negros e indescifrables; arrepentido, pensó en huir de allí, en echar a correr y desaparecer para siempre, pero la sonrisa inmóvil que se dibujaba en aquellos labios ansiados consiguió persuadirle al instante. Se armó de valor, carraspeó ligeramente, y proclamó:

- Te amo. Jamás me atreví a decírtelo por miedo a tu rechazo pero ya no puedo soportar más este silencio, ahora tan absurdo, tan fuera de lugar. Te amo, preciosa. Te amo con locura.

De inmediato se sintió satisfecho del acto de valentía que acababa de cometer, y con la tranquilidad de haber revelado el secreto que le oprimía desde hacía meses, quizás años, apaciguado tras aquella declaración de amor, colocó el ramo sobre la lápida, se levantó y se marchó lentamente, mientras desde la fotografía en blanco y negro, junto al nombre esculpido en el mármol, unos ojos negros e indescifrables parecían mirar cómo se alejaba.

viernes, 17 de julio de 2009

Albada (VIII)


Al despertar, coloca con suavidad su fría mano sobre mi muslo desnudo y sonrío; desliza la otra horizontalmente desde mi pecho hasta el vientre, dejándome las uñas marcadas en la piel, y se me escapa una risita pícara. La sonrisa desaparece al instante de mi rostro cuando noto, cerca del cuello, una tercera mano.

lunes, 13 de julio de 2009

Castillos en el aire


Sentado en la mesa del bar, pensando en ti, iba colocando, apoyadas unas sobre otras, las cartas de mi vieja baraja. Cuando puse las dos últimas apuntando hacia el cielo, te acercaste, cogiste una de la base –el as de corazones- y te alejaste sin tan siquiera girarte, quizás para no ver cómo se derrumbaba mi hermoso castillo de naipes.