Contigo iría al fin del mundo, me dijiste con valentía aquella tarde. Y ahora, sentada a mi lado ante el precipicio, balanceando los pies, tiemblas como una niña observando el vacío.
jueves, 30 de abril de 2009
El fin del mundo
Contigo iría al fin del mundo, me dijiste con valentía aquella tarde. Y ahora, sentada a mi lado ante el precipicio, balanceando los pies, tiemblas como una niña observando el vacío.
lunes, 27 de abril de 2009
La otra vida del árbol
Durante años, el árbol soñó con terminar sus días convertido en un libro. Creía que de ese modo ayudaría a sus congéneres, porque había observado que los hombres, entre otras cosas, no cortan árboles mientras leen. Por eso no se quejó cuando lo talaron, ni cuando lo trituraron para convertirlo en pasta, ni cuando, ya transformado en un montón de hojas de papel, lo introdujeron para su impresión entre los rodillos metálicos de la rotativa. El fin justificaba los medios. Ahora, tras alcanzar un inesperado éxito de ventas, reposa en los estantes de las librerías con el orgullo fingido de ser el mejor manual de tala de árboles que existe en el mercado.
domingo, 26 de abril de 2009
Por compasión
Las mujeres y los niños primero, por compasión, grita solemnemente el capitán del barco desde la cubierta -tras comprobar que no hay espacio para todos en los botes salvavidas- ataviado con una estúpida peluca rubia, los labios pintados, una falda de flores y unos bultos mal puestos bajo la camisa, simulando la voz de una jovencita.
viernes, 24 de abril de 2009
Juan 6. 16-21 bis
Manteniendo a duras penas el equilibrio sobre la inestable barca azotada por las olas, todavía aturdidos por la multiplicación de los panes y los peces que acababan de presenciar, los discípulos vieron cómo alguien se acercaba hacia ellos, caminando con decisión sobre las aguas del lago. Se asustaron, pues creyeron que se trataba de un fantasma, pero enseguida el Maestro los calmó diciendo: Soy yo, no temáis. Y viendo que respiraban aliviados, se dispuso a subir a la pequeña embarcación.
Lo milagroso de la historia –aunque esto ya no lo cuentan las escrituras para no desvirtuar al protagonista- fue que los discípulos pudieran rescatar a tiempo al Maestro mientras, salpicando astillas, se hundía entre las tablas de madera de la cubierta.
lunes, 20 de abril de 2009
En el fondo
domingo, 19 de abril de 2009
Teatro
Cansado de deambular por la ciudad, el chico entró en el teatro, se acercó hasta la taquilla y compró una entrada. Déme un asiento centradito, por favor, no quiero perderme detalle, dijo sin saber qué obra se representaba. Fila 12, localidad 16. Perfecto, el centro exacto del patio de butacas, pensó mientras un anacrónico acomodador le conducía hasta él. El teatro estaba atestado, pero el silencio insólitamente llenaba –o vaciaba- la sala. Las luces se apagaron y empezó a subir el telón. Aparecieron los actores sentados en bancos de madera, en penumbra, ataviados con unos pomposos vestidos de época y unos peinados extravagantes. De repente, un foco se encendió sobre la cabeza del chico. Entonces, todos los espectadores se giraron hacia él, mirándole fijamente, adoptando las más ridículas posturas, como esperando un gesto suyo, unas palabras. El peso de todas esas miradas empezó a incomodarle y desde el epicentro de la sala exclamó: ¿qué pasa?, ¿se puede saber qué estáis mirando? El público permaneció impasible, como si esas preguntas no fueran dirigidas a ellos, o como si no debieran contestarse para no romper la ilusión. En el fondo se escucharon unos molestos carraspeos, en las primeras filas una pareja bisbiseaba entre risas. ¿Pero qué ocurre? ¿Por qué me miráis a mí? Mientras se secaba con el dorso de la mano el sudor pudo ver cómo desde el lateral del patio de butacas una joven estiraba el cuello para ganar visibilidad. El auditorio entero, incluidos los actores desde el escenario, contemplaban expectantes los movimientos del chico, escuchaban cada una de sus palabras con atención. ¿Es una broma? Pues a mí no me hace ninguna gracia, vociferó el chico bajo la molesta luz del foco, antes de perder la paciencia y deslizarse entre las piernas para buscar la salida indignado. Mientras cruzaba las cortinas de terciopelo rojo pudo escuchar un sonoro aplauso que, sin saber por qué, hizo que respirara satisfecho y vanidoso.
viernes, 17 de abril de 2009
El ermitaño
Llevaba cincuenta años malviviendo en aquella cueva, solo, aislado, evitando a toda costa el contacto con la gente. Había abandonado su hogar y su familia, muy joven, para alejarse de los peligros del mundo, pero paradójicamente eso también le había distanciado de los placeres que conllevan esas mismas tentaciones. Pasaba hambre y sed; sufría calor en verano y frío en invierno; vestía cuatro harapos y le dolía no poder comunicarse con nadie, porque pese a que le gustaba estar sin compañía -o al menos eso creía a fuerza de costumbre- odiaba sentirse solo. Pero lo que más detestaba, más allá de las dificultades propias de la vida ascética y anacoreta, era haber pasado casi medio siglo pidiendo a Dios -sin ningún resultado visible- una señal, cualquiera, un pequeño milagro, que le confirmara que su abandono del mundo no había sido en vano, que la decisión que había tomado hacía ya tanto tiempo, no había sido una estupidez. Pero jamás, en los cincuenta años de penitencia voluntaria, recibió respuesta alguna. Ni una leve experiencia mística, ni un minúsculo arrebato de éxtasis, ni la más mínima prueba ni visión paranormal que afianzara y ratificara su fe. Así que un día, harto del silencio del de arriba, y como ya empezaba a dudar de su existencia, comprendió que había malgastado su vida en aquella cueva y decidió matarse.
Se acercó a la orilla del río, se arrancó los colgajos de tela con los que a duras penas tapaba su cuerpo, y desnudo entró en el cauce. Como no sabía nadar, en pocos segundos desapareció bajo la fuerza de la corriente, que lo escupió a la superficie dos horas después, ya hinchado, muerto, y con un gracioso color azulado. Fue una lástima que nadie, ni siquiera él, pudiera ver cómo su cuerpo sin vida surcaba las aguas -milagrosamente- río arriba, a contracorriente.
jueves, 16 de abril de 2009
Si te arrancas una cana...
Empezaba a tener complejos con la alopecia y una mañana, frente al espejo, recordé que mi abuelo siempre decía que cuando te arrancas una cana te salen siete más. Mejor tenerlo blanco que no tenerlo, reconocí. Y me arranqué la más arrogante del ridículo flequillo, a la salud de mi abuelo.
Al rato brotaron en mi ancha frente, muy cerca el uno del otro, siete pelos débiles, blancuzcos. Los arranqué de un tirón, sin demasiado esfuerzo, y aparecieron en su lugar casi medio centenar de canas. Fui estirando uno a uno esos cabellos blancos y comprobando cómo al instante más de media docena de hebras lechosas reemplazaban a su predecesora e iban ocultando mis cada vez menos preocupantes entradas. El crecimiento exponencial de los cabellos convertía el proceso en algo muy sencillo y rápido, casi indoloro. Así, como en un juego, en unos pocos minutos conseguí una frondosa aunque, eso sí, blanca melena. De todos modos no me importaba el color, incluso lo prefería así, porque el pelo cano me daba un aire interesante. Pero entonces vi una cana que destacaba, sola, un dedo por encima de la ceja derecha.
La arranqué y en su lugar salieron otras siete. Me asusté y también las arranqué. Y lo mismo con las que aparecieron en su lugar. Poco a poco mi cara se fue llenando de canas y yo, asustado, las extirpaba a tirones. Debido a la falta de espacio en mi cabeza, mi pecho se fue llenando de cabellos blancos, largos y quebrados. Y mis brazos, mi espalda, mis piernas, mis pies, mis manos...
Ahora, convertido en una repugnante bola de pelo blanco y marginado por todos, ocupo mi tiempo, sin molestar a nadie, escribiendo cosas como ésta.
