El lunes entró en el bar, pidió una tónica y compró un décimo de lotería porque terminaba en cinco, su número favorito. Volvió el martes, pidió una tónica y como no recordaba haber estado ahí el día anterior compró un décimo. Del mismo número. El cinco en las unidades lo hacía irresistible. Cuando entró el miércoles, el camarero le sirvió una tónica sin que la pidiera, y le ofreció un décimo que aceptó al instante. Porque acababa en cinco. Y porque no recordaba haberlo comprado antes. Durante semanas bebió tónicas y compró décimos, distintas tónicas, mismos números, hasta que una mañana entró en el bar para preguntar si tenían décimos terminados en cinco, lo encontró atestado de cava, sonrisas, abrazos, periodistas y agujeros tapados, y se quedó a celebrarlo. Cuando despertó ya había olvidado por completo que tenía unos cuantos décimos del Gordo. Ayer venció el plazo para cobrar, y sus papeletas siguen arrinconadas en algún cajón. A todos les conmueve su desgracia, pero él se siente afortunado porque el camarero, tras contestarle que no se preocupe, que en Navidad le guardará uno que acabe en cinco, no le ha dejado pagar la tónica.

Este microrrelato ha participado
-sin éxito-
organizado por la
Escuela de Escritura Verbalina.