Me despierto y a mi lado no está mi marido sino Juan, un antiguo compañero de colegio de quien estoy secreta y perdidamente enamorada desde niña. Se despierta con una sonrisa y me pregunta, como si nada, qué tal he dormido. Le respondo que bien, y me besa con ternura, satisfecho. Si al salir de la ducha todavía no se ha dado cuenta del cambio, no seré yo quien se lo haga saber.
Aunque me he pasado toda la noche durmiendo a pata suelta me despierto agotado, con la sensación de no haber descansado nada durante el sueño. No entiendo cómo afuera todavía está oscuro ni por qué el reloj despertador de la mesita marca las veintitrés treinta, la hora en que, como hice ayer, suelo acostarme. Aún medio aturdido veo con asombro cómo la manecilla del segundero se mueve en sentido contrario, retrocediendo segundo a segundo, y me concedo unos minutos más de sueño, totalmente necesarios vista mi pésima percepción sensorial.
Me despierto al rato, ya más despejado, y miro de nuevo el reloj: las once y diez de la noche. He dormido veinte minutos, pero el tiempo ha corrido hacia atrás. Resignado, me levanto de la cama, me pego una ducha, me enfundo la ropa de trabajo, sudada y sucia de todo el día, y me preparo en un momento una cena ligerita y el bocadillo de la merienda. Debo darme prisa si no quiero llegar tarde: mi jornada laboral termina a las diez de la noche y sólo queda una hora.
Me despierto por primera vez en muchos años antes que mi esposa y me encuentro al lado a una señora a quien no he visto en toda mi vida. De golpe abre los ojos, me mira, sonríe y -sin tiempo para reaccionar- me besa dulcemente mientras me desea los buenos días. Enrollado entre las sábanas, observo sus movimientos: se levanta de la cama, se coloca una faja y un sujetador con relleno, se arregla el pelo, se maquilla resaltando los pómulos y disimulando la papada, se aplica con esmero un antiojeras, se pinta los labios, unta su piel con una crema que la deja bronceada al instante, se coloca las uñas postizas, unas lentillas azules, se sube a unos tacones y, pasados tres cuartos de hora, ya se ha convertido de nuevo en mi esposa.
Pese a dormir toda la noche de un tirón, o debido a ello, me cuesta levantarme de la cama. Me acerco al tocador arrastrando los pasos mientras me froto los ojos con fuerza para salir del sueño e ingresar de nuevo en la realidad. Cuando separo las manos de la cara, el espejo no devuelve mi imagen. Pero eso no me preocupa; lo que me horroriza es descubrir en un rincón del espejo el reflejo de mi cuerpo tendido sobre la cama, rígido e inmóvil, más pálido que de costumbre.
Abro los ojos y la encuentro tendida a mi lado, desnuda y sonriente, con una mano debajo de la almohada y la otra entre los muslos. En mis fantasías siempre la he imaginado de ese modo, acurrucada y tranquila, prisionera de sus sueños.
Me doy la vuelta con sigilo para no desvelarla y, acostada en el otro lado de la cama, topo con mi mujer, rígida y angustiada por las pesadillas, que se despierta con un humor de perros al mínimo ruido.
Oigo tu respiración entre las sábanas, hipnótica y relajada, e intuyo tu presencia a mi lado. Abro los ojos para descubrirte de nuevo, como cada mañana, y apoyado en la almohada, frente a mí, encuentro mi rostro desencajado, simétrico, mirándome fijamente con la misma expresión de espanto que debo tener yo ahora.
Después de una cita desastrosa la noche anterior, aquella mañana salí de casa con la moral por los suelos. Mi nivel de autoestima había tocado fondo, tanto que llegué a sentir pena por mí, pero también asco: aborrecía mis andares, mis gestos; detestaba la cicatriz que cruzaba mi mejilla y el estúpido remolino que formaban mis cabellos en el flequillo; rechazaba mi cuerpo un tanto deforme, desproporcionado, y los gruesos cristales que intentaban corregir mi miopía; me desagradaba mi aspecto. En dos palabras: me odiaba.
Ya en la calle me crucé con un tipo que salía del gimnasio y deseé ser él, meterme en su cuerpo, para saber qué se sentía. De golpe, me vi envuelto en músculos, encerrado en un organismo que no me pertenecía, y me asusté. Me encontraba totalmente sometido a su voluntad. Aunque lo intenté en un par de ocasiones, aquel cuerpo no me obedecía: me había convertido en un simple parásito sin capacidad de acción. Como me molestaba estar empapado en sudor, cuando me crucé con aquella chica, risueña y sonriente, anhelé entrar en su interior, y al instante noté la presión de las medias en las piernas y un dulce sabor de carmín en los labios. Desgraciadamente, tampoco podía imponer mi voluntad a aquel cuerpo. Se acercó un joven mal afeitado, supongo que su novio, con la intención de besarla. Me estremecí –yo, no la chica- y por suerte pude adentrarme a tiempo en un abuelo que salía de tomar un café en el bar. Me sentí agotado, achacoso, y a través de sus ojos gastados pude intuir una pareja besándose al final de la calle. A la velocidad del anciano no hubiera llegado muy lejos así que decidí introducirme en el cuerpo de la señora que, apoyada en el alféizar de su ventana, escrutaba la calle con disimulo. Y desde allí contemplé cómo mi cuerpo, desubicado y vacío, se alejaba calle abajo hasta desaparecer por la esquina.
Desde entonces salto de cuerpo en cuerpo buscando el mío; incluso puede que haya utilizado el tuyo, como trampolín, en mi búsqueda desesperada. No me lo tengas en cuenta. Daría lo que fuera por volver a lucir mi cicatriz en la mejilla o por volver a pelearme frente al espejo con aquel gracioso flequillo arremolinado, que tanta personalidad me daba.
Hoy se celebra el segundo centenario del fallecimiento del señor Charles Mann, célebre científico y médico estadounidense, reconocido mundialmente por ser el descubridor de la vacuna contra la muerte, proclamó con solemnidad el anciano orador ante un envejecido y decrépito público.
-¡Detente, Romeo! –grita una voz anónima, oculta bajo la oscuridad de su butaca en primera fila, mediado ya el quinto y último acto.
El pequeño de los Montesco, arrodillado ante la cripta de los Capuleto, se gira sorprendido hacia el patio de butacas -que arde en murmullos y miradas reprobatorias hacia el espontáneo- pero parece no ver a nadie en el graderío.
- No tomes el veneno del boticario todavía. Es todo un truco de Fray Lorenzo: Julieta no ha muerto, sólo está drogada, profundamente dormida. Aguarda unos instantes, créeme, y la verás levantarse de la tumba.
Romeo duda como Hamlet, pero acaba obedeciendo a una voz que no sabe de dónde ni de quién procede. Necesita aferrarse a cualquier posibilidad, por absurda que parezca. Mientras, en los palcos, se escuchan algunos insultos que tampoco oye. El joven enamorado va paseándose arriba y abajo por el escenario, entre las lápidas, haciendo tiempo, mientras intenta encontrar una explicación lógica a esa voz misteriosa.
De repente, Julieta abre los ojos, se incorpora levemente convulsionada con un par de espasmos, y ve a Romeo a su lado. Se abrazan, se besan como por primera vez y abandonan el escenario cogidos de la mano, felices, improvisando los detalles de su fuga de Verona, totalmente ajenos al alboroto que se ha creado en el patio de butacas.
Hace ya dos semanas que no nos vemos. Sube todos los días, a las siete y media de la mañana, a este vagón y se sienta siempre en el mismo lugar, a mi lado, junto a la ventana. Cuando llega su parada y baja al andén, yo me quedo aquí, invisible de nuevo, deseando que llegue la mañana siguiente para volver a encontrarnos. Es un chico muy tímido. Le gusta, como a mí, ampararse cada día en un libro -siempre distinto- y perderse entre sus páginas durante el trayecto. Pero hace ya dos semanas que no aparece. Ustedes se reirán, pero sin él yo no soy nadie. Jamás me ha dirigido la palabra, pero su mirada delata que ese silencio se debe a la incómoda presencia de los demás viajeros, que si no hubiera nadie más en este vagón, aparte de él y yo, se atrevería a hablar conmigo. Debo reconocer que algo parecido me sucede a mí. La lectura lo mantiene atrapado durante la media hora que dura el trayecto. Sólo aparta sus ojos del libro durante los escasos tres minutos en los que el tren se adentra en el túnel y la ventana lateral se transforma en un espejo. En ese momento él se mira -¿me mira?- y es entonces, únicamente durante esos tres minutos, cuando me siento vivo. Hace ya dos semanas que no sube a este vagón. Yo no me canso de esperarle; mi existencia sin él carece de sentido. Es el único que parece advertir que yo también viajo en ese tren, que soy alguien. Me horroriza imaginar que no volverá a subir a este vagón, que jamás, durante los tres minutos en los que el cristal que nos separa se convierte en espejo, volverá a mirarme, a mí, a su propio reflejo.