Escuchó con atención “Continuidad en los parques” y tanto le gustó que, acomodándose en el lecho, pidió otro. Ella no esperaba esa reacción pero, sin poder ofrecer resistencia, le contó “La afrenta”, de Mateo Díez. Otro más, por favor, exigió él, insatisfecho e insomne. Entonces escogió las “Escenas de burdel”, de Olgoso, pero con ése tampoco tuvo suficiente y demandó más. Uno tras otro, le fue narrando “París de cuerpo entero”, de Guedea, “Necrofilia”, de Denevi, “Solipsismo”, de Brasca, “Despecho”, de Neuman, “Carrusel aéreo”, de Merino, “La tela de Penélope”, de Monterroso... sin lograr saciarlo. Después de algo más de un centenar de minificciones, ella se quedó en blanco, sin otro cuento que relatar. Lo siento mucho, dijo el sultán irritado, ya conoces las normas. Debiste escoger un género más extenso. Y se dio la vuelta sin desearle siquiera dulces sueños en la última noche en este mundo de Sherezade.
Este microrrelato participó -sin éxito- en el I Premio de Microrrelatos sobre Microrrelatistas

